
Este lunes leíamos en la prensa que la alcaldesa de Jerez, María José García Pelayo, ha encontrado un nuevo desvío de fondos por parte de su antecesora en el cargo, la socialista Pilar Sánchez. En esta ocasión se trata de 1,5 millones de euros de un plan de turismo financiado por la Junta, del que se desconoce su destino final. Dicho desvío de dinero se realizó en noviembre de 2008, con el PSOE al frente del Consistorio, de un plan que cuenta con una financiación de 4,8 millones, de los que en un 65% proceden del Gobierno regional y la cantidad restante la aporta el Ayuntamiento. En total ya se han detectado desfases de tesorería de más de 9 millones de euros, algunos de los cuales se han denunciado ante la Fiscalía.
¿Cómo es posible que los mismos que han desviado estos fondos quieran darnos lecciones de democracia? ¿Qué legitimidad moral tienen? ¿Cómo se atreven a defender ahora a unos trabajadores a los que antes han maltratado? Lo peor del caso es que, además de no tener legitimidad moral, son dirigentes mediocres y de escasa capacidad. ¿Han leído algunos de estos ‘políticos’ la Oración Fúnebre, unos de los grandes textos democráticos, en la que Pericles recuerda que en la democracia “cualquiera que se distinga en algún aspecto puede acceder a los cargos públicos, pues se lo elige más por sus méritos que por su categoría social”? Es evidente que no.
Desgraciadamente, somos víctimas de la cacocracia o gobierno de los malos. Pero lo peor es que, además, nos quieren dar clases de democracia. No se puede consentir tamaña insolencia. Ya advertía Ortega y Gasset hace ya casi un siglo que “lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera”. He ahí la cuestión. No hay esfuerzo, ni gusto por la excelencia.
La democracia no es sólo el gobierno de la mayoría, que, como nos advierte Tocqueville, puede desembocar en la tiranía de la mayoría. La democracia es, sobre todo, un estado de espíritu, la conquista de la libertad o la búsqueda de la felicidad. La democracia no es el gobierno del número, sino la comunión en unos valores: igualdad, fraternidad, justicia, dignidad de la persona, libertad, etc. Y ello se consigue con ciudadanos virtuosos, es decir, aquellos que se esfuerzan, que buscan la excelencia, la areté. De areté deriva aristós, el mejor. Aristocracia, sensu stricto, es el gobierno de los mejores. La política no es la conquista y la conservación del poder por todos los medios, sino la búsqueda del bien común
¿Meritocracia o cacocracia? ¿Democracia o totalitarismo?
Juan María de los Ríos. Publicado en xerezmania.com.